viernes, 12 de noviembre de 2010

A am.

Las 06:24 AM.

-¿Te gusta la luna?- le preguntó acariciando con las manos el rugoso hierro de la baranda.
-Me gustaba. Cuando era pequeña jugaba con ella al escondite, y yo en coche, la buscaba con la mirada, limpiando el cristal empañado para verla mejor. Qué inocente entonces, pienso, ahora suelo confundirla con las vulgares farolas de la ciudad.
Ahí estaban las dos: una con la espalda en la pared, las manos temblorosas en los bolsillos y con la mirada fija en un horizonte que amanecía. La otra más adelante, apoyada sobre la baranda de un balcón, que no era ni suyo ni de nadie, ya solo pertenecía a recuerdos demasiado lejanos para contarlos.
La puerta permanecía abierta, la ventisca rosa de la madrugada entraba en una habitación que aún sabía a dulce, a noche, a vodka, a sudor de amor y a orgasmos. Aún fuera, las dos terminaron el cigarrillo y sin querer, se miraron: Edna, ahora sin mirar aquella luna que se desvanecía, cruzaba la mirada verde hasta los ojos infinitamente oscuros de Alma, que como las manos, temblaban con los fuertes latidos que le acechaban el corazón. Edna se giró, sutil, tranquila como el mar en calma: la ventisca le ondeaba el camisón y moldeaba un cuerpo aritméticamente perfecto, el cabello de trigo al compás, bailaba cerca de los labios haciéndole cosquillas. Se acercó y el viento le retiró el tirante del hombro izquierdo. Alma, aún temblorosa, le acarició el dedo meñique, del dorso de la mano hasta el codo y con el índice hasta el hombro, colocando de nuevo la tira de seda en su sitio. Sin tocarse, los alientos se alcanzaban y el calor se contagiaba. 
Lento y constante. Con los ojos medio abiertos atravesándose el alma sin decir nada. No fue el primer beso, tampoco fue el ultimo, pero quizás el mas largo y bonito de todos.

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